SÍNDROME DE BURNOUT

El síndrome de burnout ha sido llamado de múltiples formas: es conocido como el Síndrome del profesional quemado, Síndrome del trabajador desgastado, Síndrome del desgaste profesional, entre otros nombres, y se identifica con síntomas aparentemente leves como dolores de cabeza constantes y fatiga, u otros, un poco más severos, como irritabilidad, alto grado de sensibilidad o depresión.

El burnout proviene de la terminología inglesa burn-out que significa consumirse, y básicamente consiste en un agotamiento progresivo tanto físico como emocional y mental, originado en el contexto laboral, y en algunos casos, en el contexto familiar. Tal decaimiento se ve reflejado en la falta de motivación para trabajar, actitud irritable y cambios abruptos de comportamiento, todos éstos como consecuencia de un nivel de estrés crónico.  Una persona puede padecerlo incluso cuando ama su trabajo, es decir, que el Burnout no sólo está relegado a los trabajadores insatisfechos o poco apasionados, sino a aquellos que estuvieron muy motivados y excitados a la hora de laborar y de repente empezaron a perder el gusto por lo que hacían.

Si bien este síndrome se puede presentar en todo tipo de profesionales, son más propensos aquellos que están en constante interacción con terceras personas, o sea, en contacto con demandas, quejas, observaciones y atenciones del público; dentro de este grupo de trabajadores están los profesores, personal médico, agentes de call center, trabajadores sociales, vendedores, entrevistadores o encuestadores, personal de cobro y afines; así también, madres y padres expuestos por largo tiempo a situaciones de cuidado excesivo de hijos demandantes.

Esta característica (contacto directo con terceros) lo hace propenso a padecer el síndrome de Burnout, pero también si usted experimenta exceso de responsabilidades, saturación, poca conexión de su empleo con sus intereses o pasiones, mínimo control de sus funciones laborales, desequilibrio entre su vida profesional y su vida personal, y asignación de tareas que no corresponden con su cargo u horario.

Vale la pena resaltar que este síndrome puede también surgir como consecuencia de acoso laboral, pero no siempre ésta es su causa. En el caso de los docentes, se estima que las expectativas no satisfechas por parte de los directivos, la monotonía de las actividades diarias y repetitivas en el aula, el ambiente de trabajo tóxico o disfuncional, la falta de conexión y entendimiento con los superiores, el sentimiento de aislamiento por parte de los colegas, la excesiva energía que se gasta para satisfacer las demandas de los estudiantes y de los padres de familia, son algunas de las causas más comunes de este síndrome en el ámbito educativo.

Así mismo, las repercusiones de padecer Burnout se reflejan no sólo a nivel laboral, sino además en el área personal y social, ambientes en los cuales el educador desborda su desespero, su inconformidad y su desgana. Estas consecuencias suelen ser de tres tipos:

-Físicas: padecer burnout conlleva a experimentar dolores de cabeza, dolores musculares, de espalda, hipertensión, taquicardias, migrañas.

-Emocionales o psicológicas: Desmotivación, frustración, baja autoestima, sentimiento de inferioridad, sentimiento de soledad, comportamiento agresivo con los estudiantes, colegas o directivos; ansiedad, depresión.

-Institucionales: accidentes de estudiantes por desatención del profesor, violación de políticas o normas organizacionales, pérdida de la productividad, absentismo laboral del profesorado, entre otras.

Si usted es docente o profesional del sector educativo y reconoce en su actividad laboral los síntomas o características de los profesionales “quemados”, revise aquí algunas alternativas:

-Realice cambios de rutina: cambie el orden de los momentos de su clase, o empiece su jornada con una actividad motivadora que rompa los esquemas de su cátedra tradicional.

-Proponga cambios de ubicación para estimularse con nuevos contextos: realice su clase en el parque, cancha, salón de audiovisuales, patio, etc.

-Busque algunos elementos que le permitan desconectarse de la monotonía: proponga ejercicios creativos e innovadores.

-Gestione sus tiempos: Tenga claridad de su realidad laboral y las responsabilidades que enfrentará en su empleo: Planeación, revisión de tareas, exámenes, escogencia de material educativo, etc.

-Planifique su jornada: de modo que usted pueda organizar y desarrollar las capacidades de sus aprendices en el tiempo estimado.

-Busque elementos motivadores personales dentro de su entorno laboral: sean aprendizajes o capacitaciones, relaciones o contactos, nuevas amistades, afinidades, clubes temáticos o comités; así usted mismo instala su sistema de recompensas.

-Pida apoyo si necesita: no siempre podemos reconocernos autosuficientes.

-Abra canales de comunicación con sus superiores, empleados o colegas: con el fin de poder expresar cualquier inquietud, sugerencia o inconformidad, ello evitará las frustraciones y los malos entendidos.

Adicionalmente, si usted cree estar padeciendo el síndrome de Burnout, en primer lugar, recuerde que muchas veces las exigencias y las demandas nos las hacemos nosotros mismos, y no provienen del exterior. Nuestros desafíos, si bien deben ser de nivel superior, no deben desbordar nuestras emociones, al punto de llevarnos a atentar contra nuestra salud mental y física. Procure volver a su zona de equilibrio, de no lograrlo debe usted ponerse en contacto con un profesional de la salud.

 

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LA ESCUCHA DE UN COACH EDUCATIVO

El coach educativo es una figura que entra a hacer parte del sistema educativo de la nueva era de la educación, una donde el aprendizaje no está dispuesto en las aulas, sino en el diario vivir de las personas; una donde la información no sólo le pertenece a los profesores, sino que se encuentra en todas partes; una donde los maestros no son directivos, sino facilitadores; una donde  el docente ya no habla durante horas, sino que más bien escucha para poder ilustrar, guiar y responder a las necesidades de sus estudiantes; una educación que no se limita a la escuela, sino que la trasciende; una donde no todos los aprendices desean asistir a las instituciones formales de educación, sino que se forman de manera autodidacta.

Dentro de esa dinámica, surge el coaching educativo, cuyo objetivo es pretender el logro de los objetivos de aprendizaje de un individuo, sea a nivel familiar, académico, profesional, laboral, social, inter o intrapersonal. Es así que el coach educativo, a través de la conversación y el método socrático de indagación, permite la apertura del coachée (cliente), de modo que sus intereses personales, los pensamientos de cualquier índole, las tensiones y los sentimientos que han estado guardados o reprimidos se expresen o se liberen, para darle sentido a una realidad que se construye a través del lenguaje y a través de las respuestas a preguntas profundas y acertadas. En ese orden de ideas, la relación entre coach y coachée es una relación de búsqueda de aprendizaje, de descubrimiento, de reflexión, de observación y de autoconciencia.

Esa búsqueda en mención, se nutre principalmente de lo que el coachée expresa, de lo que calla, de lo que le incomoda y desde las emociones en las que está situado cuando expresa sus intenciones, sus metas, sus confusiones, sus claridades y cada uno de los detalles que adornan sus palabras. En ese sentido, el coach tiene una importantísima y delicada función (entre otras funciones), y se trata precisamente de “escuchar”; pero no es la actividad de escucha a la que estamos acostumbrados los simples mortales, no, es otro tipo de escucha, que en coaching se denomina La escucha activa.  Es aquella donde el coach escucha lo que el otro es, escucha cómo se retrata y cómo se relata a sí mismo, y a sus situaciones; aquella que indaga qué emociones siente su cliente, pero también qué emociones necesita.  Escuchar, y cuando hablo de escuchar no significa escuchar sólo lo que sale de su voz, sino escuchar sus gestos, su corporalidad, su ímpetu; escuchar su silencio, escuchar si cae una lágrima, escucharle pronunciar una sonrisa; escuchar si traga saliva o si suspira, o si se atraganta con alguna palabra; escuchar los cambios de tono, escuchar los movimientos que hace cuando está sentado o mientras piensa las respuestas; escuchar el nombre que le pone a las cosas, los adjetivos que utiliza; escuchar si hay experiencia, escuchar cómo mira el mundo y cómo es su relación con los seres del mundo. Y si el coach es capaz de escuchar de este modo, decibel por decibel, entonces su proceso de coaching empieza a estar validado.

NO SOMOS ANTI-SISTEMA

 

Hace pocos días, mientras ojeaba artículos sobre educación en internet, me encontré con un interesante gráfico, en él había cuatro recuadros: El primero era un profesor que culpaba a los padres de familia porque no dedicaban tiempo a la educación de sus hijos en casa, el segundo era el padre de familia que se quejaba del maestro por la mala crianza de su hijo y por los contenidos sin sentido, el tercero era el director de la escuela culpando al gobierno por los pocos recursos que destinaba a la educación, y en el cuarto recuadro, un gobernante analizando la forma de capacitar a los profesores para que el sistema funcionara correctamente. No pude encontrar un gráfico más preciso para explicar el funcionamiento del sistema educativo en América Latina, que no es más que la evasión de responsabilidades de todos los implicados, sumado a la descontextualización de contenidos y a una cantidad de regulaciones (que no regulan nada), que lo único que hacen es estandarizar, es decir, tratar de formar a todos en los mismos temas, bajos los mismos métodos, con los mismos recursos, prepararlos como si tuviesen un mismo modelo de familia, de entorno, de capacidades, de intereses, de dificultades, etc.

Esa “mismidad”, que acabo de mencionar, es una de las razones que provoca que el sistema se descalabre, así que no es extraño encontrar estudiantes desmotivados que sienten que sus necesidades, gustos e intereses son anulados en la escuela y que no hacen parte de esa gran masa llamada alumnado a la cual los docentes quieren someter a toda costa, mediante discursos temáticos a los que el aprendiz no le encuentra sentido.

Seamos claros, el sistema está pensado para un todo, no reconoce individualismos, no estima al ser humano por su afán de automatizarlo, tampoco parece entender la forma como aprende el cerebro, desconoce la diferencia entre memorizar y mecanizar, parece desconocer también los períodos de atención de un espectador (como suele tratarse al estudiante), le resta importancia a las artes como herramienta para la formación integral, evalúa frente a un papel y no frente a un problema, no sobrepone la educación emocional a la mera educación académica y mucho menos ubica el “pensar” por encima del “saber”; no procura mejorar el bienestar de niños y adolescentes sino que centra su interés en  cumplir con los contenidos estipulados en el currículo, tampoco busca potenciar las capacidades y virtudes de los educandos, más bien incentiva a los estudiantes a ser más competitivos que competentes.

Por esto y por otro tanto es que digo NO, no es que seamos anti-sistema, es que el sistema es anti-nosotros, eso sin olvidar que tú que me lees y yo que te escribo somos parte de este convulsionado sistema educativo. Ahora critiquemos nuestra responsabilidad.

Por: Angélica Vargas Figueroa

(Licenciada en Educación, certificada en Pedagogía Humana, Promoción y ejercicio de los Derechos humanos, Diseño de estructuras curriculares, Proyectos de Administración del conocimiento, Neurocoaching, entre otros; Co-Fundadora de Coaching Educativo Latinoamérica.)

Los molinos

Sancho:
He tenido que leer sobre los años
en que yo aún no había nacido,
He cabalgado cada orilla
Sin poder beber y estando postrado,
He visto cómo un reino de mil personas
Tiene mil veintidós luchando,
¿Cómo tú me dices que esos no son gigantes
Sino molinos de viento andando?

Angélica Vargas Figueroa

El mal llamado “amigo”

Cuántos hay que descargan su espada contra el amigo

Se vuelca la palabra en miserable puñal

Pues también los hay justos ceñidos en guerra

Dando muerte al infame y victoria a la afrenta.

Mas el mal llamado amigo,

pueril, dócil, diciéndose hermano

se acerca aletargado en la gélida noche

punzando la costilla de quien sostuvo su mano.

 

Angélica Vargas Figueroa

De cuando Dulcinea fue tras el hidalgo

 

Me desangré las piernas y seguí mi paso

El viento desbordado secó la herida

Noche entre las noches aquella

Que a un errante yo perseguía

Me senté bajo un cielo que yo ni conocía

Y desbaraté el otoño que me había soñado

Sobreviviendo a la tarde que me vuelve añicos

Lancé mi hidalgo grito, nadie me había escuchado

Sobre la costa la fiebre del amor era otra

Ahora tu rostro es impreciso

Ahora tu boca es otra boca.

 

Angélica Vargas Figueroa

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